Usain Bolt vuela en Berlín

Bolt hizo historia el domingo

Bolt hizo historia el domingo

Esa pose de rapero altivo y la conciencia de que es el hombre más rápido de la tierra han hecho que Bolt sea tachado de soberbio. Cuando dijo que estaba seguro de llegar a los 9,65 (en Pekín hizo 9,69 y entró casi andando), muchos le acusaron de arrogante. Tyson Gay llegó a decir que Bolt se comería sus 9,65 en los Mundiales de Berlín. Pues el jamaicano había pecado de prudencia.

Gay sueña con Bolt

Cuando terminó la gran final del domingo la cara de Tyson Gay era un poema. Había hecho un tiempo que en cualquier otro mundial le habría asegurado el oro y, sin embargo, allí estaba él, otra vez de segundón. Pero no era la plata lo que más le dolía al americano; era ver cómo su archienemigo (y desde ayer, protagonista de todas las pesadillas y obsesiones de Gay) volvía a llevarse la gloria y los flashes.

El pique entre ambos y la respuesta de Gay a las declaraciones de Bolt obligaban al americano a ganar para no quedar como un mal perdedor. Ya el año pasado, y más fruto de la impotencia que otra cosa, la prensa norteamericana acusaba sin pruebas a Bolt de haberse dopado. El domingo el jamaicano respondió en la pista en una carrera que será recordada, por lo menos, hasta que Usain quiera. El hombre que prefirió quedarse en su isla y rechazó la tentación del Imperio del atletismo volvía a demostrarnos que no todo tiene un precio.

¿Y ahora qué?

Lo que diferencia a los grandes atletas de los sobrenaturales es la suficiencia que muestran estos últimos. Bolt pertenece a lo sobrenatural y por eso da la sensación de batir records, no cuando puede (como la mayoría), sino cuando quiere. El año pasado en Pekín ya lo puso de manifiesto con una superioridad insultante. Es que Bolt no corre, parece que sus zapatillas no tocan el suelo. Sus largas piernas le proporcionan una potencia de zancada imposible de igualar para sus rivales.

Hace unos pocos años pensar que alguien podría bajar de los 9 segundos y medio en los 100 metros era una locura. Hoy, gracias a un joven espigado que levita sobre el tartán, la única incógnita que nos queda es saber cuándo.

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