Por qué correr

Cada uno tiene unos motivos para correr

Cada uno tiene unos motivos para correr

Los atletas profesionales son, tal vez, quienes lo tienen más claro. Corren para ganar o, si eso no es posible (ocurre casi siempre), por lo menos para ganarse la vida. No hay demasiados atletas que puedan considerarse profesionales, ya que, a pesar de su tirón popular, el atletismo no es uno de los deportes que acaparan las informaciones deportivas, exceptuando, claro está, competiciones como los Juegos Olímpicos y los campeonatos del mundo. Por consiguiente, los atletas que corren para ganar dinero o hacerse famosos son una minoría.

Toda clase de respuestas

La gran mayoría corre porque les gusta correr. Pero ¿por qué les gusta correr? Hay toda clase de respuestas, aunque las más comunes son “para hacer deporte”, “para sentirme mejor”, “para adelgazar”, “para quedar con mis amigos corredores” o variantes con sentidos similares. Todo el mundo parece tenerlo bastante claro y casi todos coinciden en una cosa: correr engancha.

Entre lo sano y lo nocivo

Visto así, parece indiscutible que si alguien está enganchado a algo es porque le entusiasma hasta tal punto que difícilmente podría dejarlo. Pero ¿todo lo que engancha es sano? Ya sabemos que no, que la diferencia entre lo sano y lo nocivo depende del uso que hagamos de ello. Si corremos demasiado o demasiadas horas, si esta actividad nos hace desatender otras cuestiones que deberían ser prioritarias, es muy posible que estemos desenfocando el porqué original, a veces sin ni siquiera darnos cuenta. Volver a ese por qué ayuda a centrar las cosas, a reconducir lo que quizá nos haya llevado a situaciones indeseadas y seguir la senda que hemos elegido libremente. Correr por correr no es nada malo, pero todo cobra otra dimensión si descubrimos por qué lo hacemos.

Pregunta a la inversa

La pregunta también se puede hacer a la inversa, por supuesto. ¿Por qué hemos dejado de correr?, o ¿por qué nunca hemos corrido? La primera cuestión muchas veces ni se plantea. Quien deja de correr lo hace y ya está. A veces bruscamente u otras de forma progresiva, en muchas ocasiones sin conocer los motivos, dejándose llevar por la inercia del día a día. La segunda cuestión aún es más descabellada. Si alguien no ha corrido nunca difícilmente se preguntará la razón. Pero si algún corredor malévolo, o tal vez bienintencionado, se atreve a interrogarlo en ese sentido es muy posible que, tras dar la primera respuesta que se le ocurra, quizá en tono jocoso, en algún momento, esa misma noche, cuando esté a solas, se pregunté ¿por qué no he corrido nunca?

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