Para qué correr

Hay tantas motivaciones como corredores en una maratón

Hay tantas motivaciones como corredores en una maratón

Cualquier hecho, por banal que sea, ofrece siempre numerosas interpretaciones. Todo depende del punto de vista de cada uno, del carácter, del bagaje vital o cultural, del estado de ánimo... de tantas cosas que resulta absurdo intentar establecer verdades universales. En la mayoría de los casos corremos para sentirnos mejor, eso está claro, pero ello no impide que muchas veces nos duelan las piernas, los pies, la espalda o cualquier otra parte del cuerpo precisamente por haber corrido. Son situaciones contradictorias que se producen a diario. Fijémonos, por ejemplo, en un maratoniano popular que acaba de batir su récord personal. Pongamos que baja de las 3h 50'. Estará eufórico, rebosante de felicidad, pero seguro que empieza a dolerle todo el cuerpo y que se pasará unos cuantos días con unas agujetas terribles. Él no corre para tener agujetas ni sufrir serias dificultades para subir o bajar escaleras, pero lo acepta de buen grado porque ha conseguido su objetivo.

Para qué indeseado

Veamos ahora el caso de una atleta, también popular, que descubrió hace relativamente poco las bondades del running. Empezó con la intención de perder unos kilitos y, después de conseguirlo, se mantiene fiel a sus rutinas diarias. Se siente mucho más en forma, está más delgada y de paso, por qué negarlo, resulta más atractiva a ojos de su pareja. Va entrando en una dinámica de querer hacer cada vez más kilómetros y, al cabo de un par de años, decide preparar un maratón. Su marido, aparentemente, está orgulloso de ella. La anima a correr siempre que pueda y a hacer cada vez rodajes más largos, a veces de dos horas o más. Lo que ella no sabe es que su marido tiene una amante y que aprovechan los largos ratos que ella no está en casa para entregarse a sus festines amorosos. Puede ser sólo una anécdota, en este caso inventada, pero seguro que esta mujer no corre para que su marido se líe con otra.

Contraste brutal

Analicemos un tercer caso. Un atleta aficionado con serios problemas de autoestima que corre para mejorar su físico y, al tiempo, piensa que su nueva afición lo está haciendo más popular entre los vecinos que le ven trotar casi cada día por las calles del barrio. Lo saludan, lo animan y siempre le sonríen, lo que provoca que nuestro protagonista se sienta cada vez mejor, muy contento de sentirse apreciado por sus vecinos. Lo que él no sabe es que, cuando ya se ha alejado los metros suficientes para que no les oiga, afloran comentarios del estilo de “Pobre idiota; fíjate, parece un pato”, “¿Has visto cómo suda? Da pena” o “En mi vida había visto un alfeñique trotador”. Él no corre para provocar esos comentarios, sino quizá para todo lo contrario. Tanto en este caso como en el de la mujer con el marido infiel, el contraste entre el para qué de uno y el de los demás es brutal, pero los principales afectados ni se enteran.

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